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10.8.11

¡PULGOSOS DEL MUNDO, UNIOS!


Como en la canción con que los inmortalizó Alberto Cortez, por derecho propio se han erigido en protagonistas y vanguardia del chilenazo. Dale click a la imagen de arriba y fijate nomás en los primeros cuadros, siempre mirando para abajo, entre las piernas de la estudiantina, y los vas a ver siempre en la primera línea de lucha, sin retroceder al chorro de los guanacos que tiran con agua de nieve, siempre ladrándole a los pacos, acompañando a los muchachos a recoger las piedras y acompañar su arrojo con un salto grácil y alegre.
Son los pulgosos. Los callejeros, los rebautizó Cortez, por la nominación mexicana. Quiltros, le dicen los chilenos. No hay ciudad que se precie de civilizada que no los tenga en legión, con su gesto siempre triste y las miradas que le relumbran cuando creen adivinar un gesto humano de cariño. No van por galletitas de marca o un hueso viejo. Acompañan las causas justas porque conocen la inhumanidad de las grandes ciudades, la crueldad del hombre. Y tenían que estar junto a los estudiantes, compatriotas de ellos o de cualquier lugar, porque ya les cantó Violeta.



Puede resultar una plácida entretención estar atentos y descubrirlos. En estos videos y en los que en cantidad hay en YouTube. También cuando pasan escenas en los noticieros. Por momentos llegan a ser grupos comandos de media docena. Cruzan de apuro cuando la bestialidad uniformada viene a toda la carga. Pero no se los va a ver nunca en el bando equivocado. Siempre encaran a los enemigos de la vida. No es un problema de conciencia. Es olfato.
Los chicos trasandinos apuestan a todo o nada por la educación gratuita. Ellos tuvieron guardado al gran Sarmiento cuando las papas quemaban porque cantan que van a ser "la tumba de los libres o el asilo contra la opresión." A la Universidad de Chile la fundó un amigo del sanjuanino, el venezolano Andrés Bello, y la primer condecoración que dieron como país libre fue un joven argentino, un abogado recién recibido justamente en la U, a quien le reconocieron sus méritos revolucionarios por la independencia y la unidad latinoamericana. Se llamaba Manuel Dorrego.


Y ahora que las papas queman están en la lucha, en el lugar que corresponde. Ellos mejor que nadies conocen de las razzias colectivas, las matanzas generalizadas y las tumbas NN. Las autoridades municipales correspondientes se encargan de tan noble tarea. Sobre todo en los balnearios, cuando se van yendo los últimos turistas y la población perruna se ha incrementado por obvias razones de sobrevivencia. Pero al verano siguiente, los sobrevivientes, las crías, vaya a saberse de dónde, vuelven. Siempre vuelven.



En las playas ladran con desesperación sobre todo a los four tracks y el ruido infernal y contaminante de los pobres nuevos ricos que los tripulan. También a los tractores municipales que con la rastra limpian la playa al amanecer. Saben que fuera de temporada son los vehículos que utilizan para cargar con miríadas de cadáveres de hermanos y camaradas suyos.
Ahora, con segundas más que obvias, en Chile dejan correr por lo bajo que son cuadros entrenados en Cuba  y que le responden a la piba Camila Vallejo, la líder natural surgida tan natural como una flor silvestre entre las piedras, en medio de la rebelión de todos los colores. Ellos siempre fueron maquís de la libertad, partisanos del horizonte, combatientes contra cualquier forma de opresión. Me ha tocado verlos en Valparaíso bajar de los cerros, todos hacia el molo a la misma hora de la media mañana, sincronizados, en grupos informales de tres, cuatro o cinco, como conversando las viscicitudes de la noche, a esperar la llegada de los turistas y una caricia o por lo menos un bizcocho. O aunque sea para decir aquí estamos.
Ahora están otra vez porque estuvieron siempre. La única diferencia es que la tecnología permite registrarlos, dejar constancia. No habrá vendaval, terremoto o represión que los extermine. Volverán siempre y al lugar que corresponde, con el hocico marcando el norte de la lucha. Hasta la victoria siempre, compañeros pulgosos de tantos campamentos en los médanos, dedos en las rutas o mateadas abajo de un montecito. 


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