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29.7.05

¿QUE NOS ESTAN PONIENDO?

La Argentina es como dijo Borges de los peronistas: ni buena ni mala. Simplemente, incorregible.

No hay sensación más a mano que lo que cuentan los santiagueños de una vez que un comprovinciano, al ver que ya no se aguantaba más la pobreza, o sea, siempre, decidió irse para Tucumán porque aunque no lo crean hubo una época en que Tucumán era rico y le decían el Jardín de la República.

Ahora, lo bueno del caso es que desde siempre tucumanos y santiagueños, fundamentando la hermandad existente como la piedra basal de la argentinidad, al decir de algún salteño cualquiera, desde siempre y hasta siempre se llevan como el perro y la cebolla.

Unos dicen los otros que son unos haraganes de mierda que le han sacado hasta várices a la cama de pasarse durmiendo la siesta. Los otros dicen que ellos son una manga de ladrones, a tal punto que allí era el único lugar donde el Chango Nieto tocaba con los ojos abiertos porque ya dos veces le habían afanado el bombo.

Pero la situación estaba tan jodida en Santiago, cuenta el cuento desde hace mucho, que parecía ahora y a este pobre infeliz no había manera de sacarle de la cabeza que la salvación estaba en Tucumán.

-No jodás más, chango. Te van a chorear. Aparte, si abrís la boca y acusás a alguno, como se te nota que sos santiagueño hasta cuando hacés la seña del siete de oro, te van a cagar a palos. Son de lo que no hay.

No hubo caso. Parecía vasco o gallego, más que santiagueño. Con lo puesto y unos pocos manguitos que consiguió juntar allá fue a la terminal, acompañado por familiares y amigos.

-Cualquier cosa que te pase, chango, ni abras la boca. Te van a hacer recagar en cuanto veas que sos santiagueño. Vos quedate siempre mosca.

Le insistieron tanto que quedó más huevón de lo que era. Llegó a Tucumán, se bajó, disfrutó de la placidez del clima. Eso sí, tuvo que correrse abajo de una planta de la plaza 9 de Julio )¿cómo querías que se llamara la principal?) porque el solazo le estaba derritiendo de tal modo la mollera que ya empezaba a extrañar el tórrido de su tierra y para colmo la humedad lo hacía sudar peor que oso polar de circo.

Al final, una vez averiguada una pensión mil estrellas (no tenía techo), le dijeron qué línea lo iba a transportar cómodamente y allá fue. No se puede decir que era una lata de sardinas porque es dar una idea equivocada de las comodidades que gozan estos animalitos para que después, encima, se los engullan. Cuando ya creía que iba a poder ni respirar por lo apretado empieza a sentir unos dedales que lo están palpando: ¡le iban a punguear la única guita que tenía!

Con un terror que lo hizo traspirar más, lo cual es un decir porque en Tucumán no se puede nunca traspirar más, se traspira todo siempre, recordó que imposible abrir la boca: lo iban a moler a palos.

Correrse, imposible.

Salir por el techo, menos. Era un último modelo recién llegado de la segunda guerra mundial y pintadito que era un primor, con un ruidito por lo aflojado de todas las piezas que no permitía ni escuchar los pensamientos.

Y los dedos que avanzaban, que ya hurgaban el borde del bolsillo para meterse adentro y chorearle el bollito con los únicos billetes.

Mierda, che: ¿qué hacer?, como hubiera dicho Lenín y tampoco el petiso hubiera sabido qué contestar.

Estaba desesperado el pobre, a punto de largarse a llorar como una criatura. Algo tenía que hacer porque los dedos ya habían agarrado la guita y estaban empezando a sacarla y culminar el proceso socializante de expropiación de la Tucumán Way of Life.

Pero si va a venir la huesuda que por lo menos no nos pille mudos, pensó, decir algo, cualquier cosa.

Así que perdido por perdido, cuando la platita estaba saliendo del todo, tratando de disimular la innegable prosapia santiagueña y no ofender el honor y el orgullo de los hermanos tucumanos, se dio vuelta y le dijo:

-¿Que meistás poniendo, chango?

Es históricamente cierto. Ahora si hay algún argentino, de 1810 para acá, que no se sienta santiagueño en Tucumán, por favor, que se haga ver. Hay boludeces que todavía son curables.