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3.8.05

MORIR EN CARILO

Todo conglomerado social genera, conforma y aplica pautas culturales para la convivencia. Pero también para la muerte. El monte de Cariló, entre los médanos, situado casi equidistante de Pinamar y Villa Gesell, otrora refugio criado artificialmente para que algún estanciero y familia se refrescara con la llegada de los tórridos veranos sobre la pampa húmeda, ya desde los '70 comenzó a perfilarse con contornos propios.

Exclusividad, altísimo poder adquisitivo, aislamiento, pero ni Punta del Este, tampoco Pinamar y menos que menos el pirujerío de Mar del Plata, así fuera el barrio Los Troncos. Le iba a llegar el menemismo y todas las pústulas de la Segunda Década Infame para que hiciera su eclosión. No sólo nuevos ricos, sino un segmento muy particular de nuevos personajes, perfiles y objetivos. Menudearon los personajes que empezaban a ser famosos por diferentes motivos, como el caso del joven promisorio Gustavo Beliz y el comisario Rivelli, con un chalet de 2 millones de dólares, tanto cuanto más insólito que provenientes de una herencia de un padre jubilado del montón y luego lo de la AMIA, su ligazón con los autos duplicados y su posterior liberación, gracias a una sentencia absolutaria del Tribunal.

La noche del 4 de febrero del 2001 nadie escuchó grita al financista Mariano Perel (55) y a su mujer, la psicóloga Rosa Berta Golodnitzky (49). Menos que menos los tiros. Quedó una costosa notebook abierta, donde algún apasionado a lo detectivesco amateur o el acaloramiento de los llamados periodistas de investigación creyeron que iban a encontrar las huellas dactilares del posmodernismo, como pueden ser bytes encriptados. La puerta de la habitación del matrimonio había sido abierta y vuelta a cerrar como si nada. Nadie escuchó ni vio nada en un sitio tan vigilado que si van dos criaturas, extrañas al lugar, con gomera, a cazar torcacitas, por lo menos terminan de los fondillos en la ruta interbalnearia.

Aquí, nada. El o los asesinos se pasearon sigilosa y fantasmalmente. De él, que en un tiempo estuvo ligado a la esmirriada industria local del software, se dijo abiertamente que lavaba dineros y estaba vinculado al narcotráfico. Tremendo. Petardista. Pero tan estruendoso como impune aún.

Ahora, el lunes 25 de julio pasado, asomando una pierna de su lujoso auto, un vigilador que atinó a pasar frente a la casa del contador platenseAdolfo José Luis Herro (54), que había sido funcionario del gobierno bonaerense, aficionado a coleccionar las armas más sofisticadas y estaba por comprarse el terreno de al lado y hacer una pileta de natación propia a metros del mar, porque comentaba en voz alta que era su intención mudarse definitivamente al pequeño paraíso, lejos del mundanal ruido y privilegiado por la seguridad que carecen las grandes ciudades, lucía en la cabeza un tiro casi a quemarropa con un proyectil muy especial, implacable, de resultado garantido, casi se podría decir que fabricado para asesinos profesionales.

Nadie escuchó nada. El juez de Dolores fue a allanarle el lujoso departamento en la capital bonaerense para ver si entre los papeles encontraban algún rastro de alguna actividad cuya compleja trama y resolución hubiera llevado a la otra parte a indignarse y tomar semejante decisión.

Se sabe que lo último que el contador hizo fue prepararse él mismo la última cena. Después salió a dar una vuelta y no alcanzó a descender del auto para abrir el chalet. Estaba armado, como iba siempre, pero no le sirvió. Su o sus matadores no le dieron tiempo y lo sorprendieron o lo conocían para acercarse tanto sin dejarlo atinar a nada, para tirarle de esa forma en la cabeza, casi a quemarropa.

Esta vez no hubo misterios de habitaciones abiertas y vueltas a cerrar. Que el ruido del océano y lo cerrado de un ambiente no deje escuchar las detonaciones. Literalmente lo fusilaron al aire libre y los eucaliptus, pinos, nogales y jacarandáes, en Cariló, son sordos de toda sordera.

Las medidas de prevención, vigilancia y custodia, lejos de haber relajado después de los de Perel, poco más y le piden documentos a los chingolos. Pero en la coquetísima villa veraniega, con viviendas de costos siderales, se mata y se muere con el mismo silencio que resulta la atracción fatal de los privilegiados que fueron a buscar allí un exilio cinco estrellas de una sociedad que cada vez se explica menos lo que pasa.

No sobre los balazos, quiénes aprietan el gatillo y por qué. Si no, tal vez más importante, qué pasa antes para que cada vez haya más gente con lo necesario para ir a buscar ese tipo de refugios, en countries, barrios cerrados o villas veraniegas y balnearias. En las villas miserias, mal que mal, no se disfruta nada de esos bienestares, pero en estos casos por lo menos siempre hay un perro que ladre.

En Cariló, no. Y ha empezado a perfilarse un modo de matar y morir.