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29.6.09

BUENO, ALGUN DIA SE IBAN A TENER QUE CAER DEL CATRE

Reproducción facsimilar de la tapa del mamotreto de 428 págs.

El libro editado por Planeta que se reproduce más arriba data de agosto de 1993, amén de tener una cantidad de datos más sobre el tema. Pero en marzo de una década antes, 1983, en la Revista 10 de la Editorial Perfil, el mismo autor, con una foto a página completa, dio a conocer una entrevista exclusiva a Blanca Rosa Guzmán, domiciliada cerca de la cancha de Estudiantes, en Río Cuarto, como la única y verdadera hija natural de Juan Feliciano Manubens Calvet, por lo tanto heredera legítima de los 300 millones de dólares, y no la paraguaya trucha apoyada por el maridaje entre la Iglesia, delincuentes profesionales bajo su protección y otros personajes de la ultraderecha vernácula.
Ni bola. No la fueron a ver ni siquiera para ver si les cebaba unos mates con hojitas de cedrón. Y nada que la información fuera fruto de mentes calenturientas dedicadas al periodismo. Lo sabía medio Río Cuarto. Ni qué hablar el nutrido grupo de Ave Negras que se habían desgañitado haciéndole ofertas para tirarse a la pileta y hacerle frente al prócer del Derecho Civil, ex miembro de la Corte Suprema y ministro de dictaduras militares, Guillermo Antonio Borda, que con semejantes cucardas patrocinaba a una guaraní que no tenía documentación ni para entrar a ver un partido entre Cerro Colorado y Libertad.
Se quedaron en el molde. Los alfonsinistas sobrinos y sobrinos nietos, de apellido Manubens y Hormaeche, que se pudieron presentar porque el testamento del Señor de Traslasierra se había adelantado al destino de Julio López y de tantos miles de compatriotas, ostentan hasta la fecha la administración legal de la herencia, entre la que se encuentra, como un rubí, la estancia de Pinas que supiera ser del doctor Lisandro de la Torre, el Fiscal de la Patria, y donde mucho antes de la Revolución Bolchevique, los peones gozaban de licencia anual paga, ni qué decir si se enfermaban, vivienda digna y trato humano.
Ahora, desde este último otoño, previo al desbarranque kitchnerista, se ha roto un caño de versiones exclusivas en torno a que en Río Cuarto aparecieron tres nietos naturales de don Juan Feliciano, algo que encima estaría acreditado por las muestras de ADN. Piaste tarde, paloma. Ya en 1983 se advertía que los jóvenes hermanitos José y Juan Feliciano Manubens Calvet habían dejado embarazadas a dos jovencitas encargadas de tareas domésticas en el almacén de ramos generales de Los Cerrillos, junto con la madre, y el padre, de apellido Guzmán, peón de la familia que por entonces regenteaba el catalán don Félix, constructor de iglesias.
Si bien por ese cuasi derecho de pernada a nadie se le caían los dientes, ocurrió que la madre de las chicas odiaba a los Manubens, a todos, y en particular a Juan Feliciano que ya pintaba para ser lo que fue. Una noche, como me fue referido por más de un testigo, en la cocina de Los Cerrillos el señor Guzmán por una parte, don Félix por la otra, asistido por don Juan Curi padre, después intendente radical de Villa Dolores, y don Juan Amud, pactaron la salida de las embarazadas y los suyos hacia Río Cuarto con el compromiso de una mesada para la manutención de las menores, los críos en camino, su educación, salud, vestimentas y demás.
La narración la escuché en el escritorio de las estancias de Juan Curi padre, en 1983, ya por entonces bordeando o pasados los 90 años, sobre la vereda sur de la calle principal de Los Cerrillos, los vidrios con un polvo que apenas dejaban ver pero las palabras suelen ser suficientes porque de la casa que daba justo al frente cargaron la chata con algunos poquitos muebles, los monos con ropa, el matrimonio y las dos adolescentes, el primer chirlo a los caballos y nunca más volver al que ya era feudo de los Manubens, no Manubens Calvet como sería cuando Juan Feliciano agarrara las riendas de todo, cuenta corriente en el Banco Nación de Villa Dolores a los 14 años (no, no tomé nada, ni siquiera café), empezando a engrosar una fortuna que incluia la usura sin distingos de pelajes porque le prestaba a la policía y a los milicos del Ejército.
La suerte de estos tres riocuartenses, de entre 40 y 60 años, que hasta ahora no ha sido muy pródiga que digamos y está en manos del Poder Judicial, sobre el que se tiene una opinión algo reservada y si bien hay libertad de expresión también la hay de represión y lo que ya pensamos, por instinto reflejo, entra en más de un articulejo del Código Penal. Si nos equivocamos, aunque no haya ningún motivo para festejar la normalidad, lo vamos a hacer como si fuéramos nieto del fundador de Casa Tía y quisiéramos ser no ya intendentes de Río Cuarto, aunque sea encargados de la plaza principal.