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9.7.11

FACUNDO CABRAL ERA DE AQUI Y DE ALLA



EL INDIO GASPARINO TAMBIEN FUE A LA CITA CON LOS BOMBEROS
Esta madrugada, a las 05:20 hora local, cuando salía del hotel donde se había hospedado rumbo al aeropuerto, la minicaravana en que iba el trovador argentino Facundo Cabral fue rodeada  por otros vehículos y abatido por ocho de los balazos de las ráfagas de fusiles automáicos que los sicarios dispararon a discresión hacia el habitáculo, sobre todo a través del parabrisas provisto de un vidrio no blindado lo suficiente para ese tipo de armas. El cantautor iba extrañamente en el asiento delantero de la poderosa camioneta manejada por Henry Fariñas, un nicaragüense con credenciales sandinistas, su representante local en virtud de sus falencias en caderas y piernas, producto, entre otras cosas, por dos balazos recibidos tiempo ha, según él consecuencia del mal genio de un marido dominicano que lo había cogido en orsai con su mujer, en su lehcho,  y había sido él quien había solicitado ir ahí, no atrás, por las facilidades para el ascenso y el descenso. 
El hecho se produjo en la capital guatemalteca, las autoridades lo dieron como perfectamente planificado, y Henry Fariñas, el verdadero blanco del atentado, representante y chofer, además de dueño de una cadena de casinos y locales nocturnos, todo idealmente apto para lo que las malas lenguas califican como lavado de dinero, fue alcanzado e intentó huir y refugiarse en un cuartel de bomberos, algo que sin querer se convirtió en una mueca trágica, digna de toda una vida controvertida, transgresora, jamás transitadora de los lugares comunes. Un video, más abajo, da cuenta musical de la cruel relación.
El cuerpo, ya extraído del habitáculo, yace en la entrada del cuartel de bomberos. El bastón en que se apoyaba está a la derecha. Falta la pequeña maletita que llevaba sobre la falda, con su muda de ropa, ligero de equipaje, como el poeta de Machado. Tampoco está la guitarra, seguramente en el baúl.
La prensa local lanzó inmediatamente por la red los datos principales. Ver. Aunque en líneas generales lo que campeó fue el desconcierto y la consternación, las certidumbres apuntaron como blanco fallido al de su exótico representante en el país centroamericano, el ya nombrado Fariña, que resultó herido de cierta consideración, pero que no tardó en quedar fuera de peligro. No así su representante argentino David Llanos que también perdió la vida, aunque iba en un rodado que lo seguía con la patota de custodia.
La muerte de Rodolfo Enrique Cabral (La Plata, mayo 22 de 1937) causó de inmediato un tan impensado como extendido remezón en la  Aldea Global. Desde la Premio Nobel Rigoberta Menchú al presidente local, que atinó a llamar a su colega argentina para darle la noticia y el pésame, la sinrazón, el sin sentido de semejante violencia rodeaba un hecho aunque usual en el terrorismo ciudadano de la zona, uno de los de mayor índice de homicios en esa zona del planeta, particularmente por el blanco elegido, un personaje que siempre supo estar fuera de todos los encuadramientos. La primera reacción fue recurrir a los archivos y dejar constancia de sus hechos más divulgados y conocidos en una vida de trotamundos por más de 150 países en donde fue incapaz de  proveerse de una vivienda propia en su propia tierra o en cualquier otra, según siempre decía, aunque no se tardara en revelar que había adquirido una habitación en un hotel frente a  Plaza San Martín, aunque jamás se privara de alternar con personajes como Sor Teresa de Calcuta, Octavio Paz, Juan Rulfo o Ray Bradbury: "Vengo de un lugar tan pobre que en mi pueblo el arco iris salía en blanco y negro", solía decir con esa ironía y sarcasmo de las que fue un eximio cultor. Más info. "Mi madre solía decir que yo más que artista era un prófugo", tiraba de su muy peculiar humor. "Y tenía razón, la vieja: el arte me sirvió para escaparme de tanto sufrimiento y miseria." 
En 1970 grabó No soy de aquí, no soy de allá, que se convirtió en un éxito arrollador, que tuvo unas 700 versiones diferentes y traducida a lenguas no escritas de las que sólo Cabral tenía conocimiento y como en la mayoría de sus historias desopilantes, en las que vivía muy particularmente exiliado de un mundo que se vuelve cada vez más atroz, de su veracidad se puede tener sólo una constatación tipo Dios: o se le cree o  no se le cree. Por lo pronto en sendos videos de esta posta queda constancia que aparte de él la tarareó el Homero de los Simpson.
Abandonado por el padre junto a seis hermanos, él asegura que su madre emprendió un camino a pie, hasta donde dieran las fuerzas y las suelas, ya que de dinero ni hablar. El tenía 6 años. Lo odió y le deseó la muerte durante 40, que fue lo que tardó en reencontrarlo. Asegura que la primera etapa de aquella diáspora fue Berisso, cercana a su La Plata natal, y a la que describe como un paraíso perdido, digno de Hollywood, con personajes para Francis Ford Coppola, una Sodoma y Gomorra sudaca, en pleno esplendor peronnista y la exportación de carne a los ingleses, los frigoríficos de la Anglo y la Swift trabajando a destajo, una población básicamente eslava y amante del alcohol, donde una mujer todas las tardes, contaba Facundo que en la vía pública de la avenida New York, la principal de un conglomerado que hervía como una gusanera, leía a voz en cuellos TXTs anarquistas y que así fue como conoció a Malatesta, Kropotkin y otros del palo como bautismo de fuego. También supo asegurar que fuera analfabeto Medalla de Oro al mejor compañero hasta los 16 años, que vivieron todos al descampado, y que había terminado en Usuhaia, de donde lo habían rescatado Perón y Evita en avión, como me puntualizó una compañera suya de la primaria en la Ciudad de los Diagonales, actualmente funcionaria de la Asociación Argentina de Actores.
Luego, años después de todos aquellos desvelos, que si no fueron tales como los fabulaba pueden haber sido peores, cuando iniciara su aventura compositora, a muchos les pareció exótico, por lo menos raro, ese muchachito barbudo que en las letras mezclaba a Rilke, Borges, Walt Whitman y otros autores de esa calaña. La madre, de todas maneras con su prole casi llegó hasta la Antártida para criarlos, y nunca se sabrá si para alentarlo o tratar de ponerlo en caja, le dijo que nadie había pensado que debía nacer, pero que no había dejado de ser una buena idea y que no estaba para nada arrepentida. Cuando por teléfono le comunicó que había conseguido trabajo como artista porque le pagaban para subir a un escenario con la guitarra, antes de cortarle de manera muy cariñosa le prohibió que la volviera a molestar después de haber andado chupando.
Sobre todo con su personaje público del Indio Gasparino, en Mar del Plata de los ´60, a su modo Facundo Cabral no dejó de componer un puzzle aparentemente incongruente si se deja despreocupadamente de lado que su nombre de pila del nombre artístico, según él, se debe a que Facundo Quiroga era el héroe preferido  de madre y que cuando él nació estaba prohibido ponerle a los chicos los nombres de los próceres, algo que obviamente no es verdad, y que cuando se toma en cuenta su versión fabulosa y fabulada de Evita y el General en el fondo, por más que maduramente se proclamara anarquista, no dejó de ser un prototipo muy peculiar, con rasgos ingeniosos, creativos y personales por demás de un producto típicamente proveniente el puzzle peronista. Paradójicamente a la par de esta terrible muerte, premiado por la UNESCO, es erigido como un predicador de la paz y se cansó de contar que se pasó casi la mitad de su vida cagándose a trompadas por la amarga inquina interna de su abandono, la injusticia de no tener techo, ni pan, ni salud, amén de esos dos balazos que llevaba en el cuerpo luego de un percance según él consecuencia de un marido posesivo y cornudo, no resignado a aceptar lo que sus ojos estaban viendo. Desde un flanco ideológico poco sospechoso de simpatías congénitas, hay un retrato muy cercano que lo pinta todo lo bien que se puede, dada las limitaciones del lenguaje y lo caleidoscópico de su personalidad. Ver.



Antes de recuperar públicamente su apellido paterno su ingreso público a la industria cultural de la música envasada fue en Mar del Plata y con el pseudónimo de El Indio Gasparino. La trayectoria estuvo lejos de ser un fracaso, pero también bastante distante con lo que entonces se consideraba un éxito. A evidente mal paso no lo negaba, aunque tampoco gustaba recordarlo con demasiada fruición y su inveterada, apenas oculta ácida ironía, de la que hizo un verdadero culto, le permitía zafar de los malos trances que suele jugar la memoria.
Tuve el privilegio de conocerlo a mediados de los '60. Venía a cantar gratis a las Revistas Orales que por entonces hacíamos con un grupo preferiblemente compuesto por poetas inéditos pertrechados con resmas de obras en todos los formatos conocidos y por conocerse. Sus presentaciones por lo común terminaban en verdaderos escándalos para las conciencias siempre enclenque de nuestra pequeña burguesía pogre. Recuerdo particularmente un atardecer en la Biblioteca del Sportivo Ballester, cuando a Facundo se le dio por rociar a una concurrencia bastante nutrida de bien pensantes, maduritos en edad, con una creación de su coleto donde insistía en tirarle democráticamente boñiga fresca tanto a los Beatles como a Su Majestad Británica. La indignación de un poeta local, vecino del lugar para colmo, mueblero con local en la calle principal, de origen judío, afiliado al PC, para como si fuera poco  recalcitrante hincha de un Chacarita Juniors, absolutamente salido de sus cabales por encontrarse frente a un claro ejemplo de algo que no sólo se salía de los lineamientos de la sagrada línea del partido, sino que era un reaccionario hijo de puta, hecho y derecho. El pobre Julito G. terminó sus días ululando fantasmas y otros monstruos en un pabellón del Borda, donde fue encontrado de casualidad por uno de los concurrentes a aquella reunión, a punto de licenciarse en psicología, y ahora este recuerdo aflora porque acaba de llega esta noticia del país donde la pareja matrimonial gobernante se divorció de mentira para eternizarse en el poder, el representante llevaba un auto con guardaespaldas propios, la policía oficialmente le había puesto otros donde los funcionarios oficiaron de testigos preferenciales y toda la zona, hacia la frontera con México, anda con un promedio de muertes diarias no justamente por causas naturales o ya, dado el tiempo transcurrido y la cantidad, causas que se han vuelto fatal y dañinamente naturales, amenazando opacar la fama del país de un Miguel Angel Asturias, la vieja explotación de la United Fruit Co. o los trinos de Ricardo Arjona, un producto típico de la fábrica de salchichas culturales.
Manifestaciones espontáneas salieron a la calle al conocerse el atentado contra el juglar sudamericano. Un ciudadano exhibe una improvisada pancarta que por su expresividad y síntesis no merece comentario alguno.
Retomando, con Facundo dejamos de vernos y frecuentarnos de vez en cuanto a causa de nuestros matrimonios de diferente signo. Lo único que nos igualaba era que habíamos contraído semejante estado civil y sido padres. A él no le duró mucho tiempo porque una catástrofe aérea lo dejó sin su mujer de nacionalidad norteamericana y la hijita a las que adoraba y con las que recorría el mundo y cuanto hotel se le cruzara, obviamente en todos los casos no de muchas estrellas. El mismo, bordeando la pedantería, se regocijaba en exhibir que su único privilegio contabilizable era la surtida fauna de personajes de todos los pelajes y nacionalidades con que había alternado, compartido y nutrido su alma, empezando por Krisnamurti y toda la runfla oriental que curtía el Bar Moderno y el Bar Baró que él solía frecuenta cuando andaba por acá. Por otro lado, como por lo menos me consta algo real, los medios, canales y alternativas para hacerlo no eran lo que comúnmente se clasifica como normal. Después de la celebrada hazaña de nuestro primer título mundial fue la última vez que lo vi personalmente, en medio de la peatonal Lavalle, a pasos de Florida, para el lado de San Martín. Hasta nos dimos un abrazo seguramente recordando el manso despelote de la biblioteca y llevándonos por delante para ponernos al día sobre todo lo que nos había pasado en esos años, que por entonces creíamos una enormidad, pero que no nos causaba angustia porque secretamente o no nos sentíamos eternos. No hizo la más mínima mención a su catástrofe personal, de la que viene a enterarme mucho después. Sí que que estaba en un hotel de mala muerte de esa calle, pasando San Martín para el bajo y que, cosa rara, la guitarra no estaba en caución.
Lo tenía consternado y prácticamente me extorsionó para sacarme una opinión de algo que le acababa de ocurrir y que no sabía si le había dejado julepe o era parte del designio divino que regía su destino como un privilegio. Dos días atrás, cuando la gallega del hotel había dado el ultimátum a la guitarra si no aparecía el equivalente a los tres meses que llevaba de mora, él no estaba y habían caído los Servicios. Yo ya había tenido un incidente similar y se me secó la boca. Facundo estaba más delirante que nunca y contó que habían quedado en volver, dejando día y hora, más el pedido expreso de que los esperara. Me explicó que tenía poco que perder porque la alternativa pintaba en que le pusieran la capucha y lo llevaran a un seguro e irreversible viaje de ida o la hija de puta y de la Madre Patria del hotel lo dejara si guitarra, una catástrofe que bien mirada no le iba en zaga. Con los tiempos que corrían, a la vieja se le habían redoblado sus iras, corazonadas y temores por el barbudo, guerrillero seguro, encima de muchas más sarnas, alimentado a mate y Cerealitas, pero héte aquí que aparecen Los Muchachos, lo saludan como si fuera René Favaloro y le dicen que el general Genaro Díaz Besssone quería verlo ya, sí o sí en ese momento, que abajo tenían el auto con chapa oficial, nada de darse una peinada y una lavadita de gato. La orden era llevarlo con ellos. Facundo me contó que la gallega había quedado trémula y por la manera cómo se le movían los labios, seguro que rezando.
No había opciones. Entre jodas, palmoteos y otros mimos lo cargaron en el auto oficial, las dependencias ministeriales del personajón estaban para colmo ahí cerca, lo llevaron a un recibidor, poco menos que lo zambulleron adentro, le alcanzaron a decir que esperara y salieron. Cuando levantó la vista se encontró con que seguramente la misma expectativa lo miraba José Larralde. Facundo me aseguró por todos los santos del cielo que a esa altura estaba seguro que había saltado la tapia de la cordura y que todo era consecuencia del comer poco y salteado con que celebraba la vida desde hacía ya un tiempito.
Con El Pampa se saludaron unos gruñidos de desconfianza, temor y pedido desesperado de ayuda hasta que el autor de Herencia pa' un hijo gaucho le dijo con esa increíble voz de barítono que le salía del sótano propio de las entrañas: "¿Usted tiene idea para qué lo citaron?" Facundo me aseguró que no se acordaba si le había salido alguna voz o por lo menos un sonido. Encima, como si fuera poco, se abrió una puerta del fondo, donde se recortó la por entonces mediática y familiar figura del generalote en cuestión que decía de manera inequívoca: "Señor Larralde...". Y casi sin terminar: "Después estoy con vos, Facundo."
Nunca lo había visto tan mal. Larralde había salido un poco después como un chijetazo, casi sin saludar pero por lo menos vivo, por sus propios medios, y Díaz Bessone le sonreía de oreja a oreja para barajarlo a él sin más trámites. Lo único que saqué en limpio de tantas incongruencias del encuentro con quien tenía el mandato sublime de planificarnos el futuro en nombre de las FF.AA., era que la música y la canción ocupaban para él (Díaz Bessone, claro) un lugar primordial, esencial, en la construcción de ese Futuro no sólo con mayúscula sino acorde a la prosapia argentina y de ahí la premura por el encuentro, que no iba a ser el único, por supuesto, ¿un cafecito? ¿un té común o de boldo?, se lo veía medio pálido, le había prometido un futuro de plaza con busto y todo y ahora sin embargo sólo estaba ahí, contándome a mí lo que le había contado a borbotones a cuanto conocido se le cruzaba, sin saber qué hacer, a qué atenerse, porque lo único concreto y auspicioso del asunto, dentro de todo, fue que al volver al hotel la gallega se deshiciera como un bizcocho en el café con leche, le devolviera la guitarra y le ofreciera hasta agua caliente para el mate. "Pero lo más lindo de todo, no sé si te das cuenta, es que la gallega de mierda ahora se le ha dado por tratarme de señor porque debe estar convencida que soy importante porque cuatro tiras cagones me trataron como a un ser humano."
Personalmente fue la última vez. Después supe de las dos visitas del cáncer, su calvicie por la quimioterapia, los anteojos negros y el bastón que lo llevaban para el lado del bolerista caribeño, la mala leche persistente cuando en Mar del Plata, en dupla con Alberto Cortez, llenaban todas las noches hasta la vereda y cuando en plena temporada tenían ya todo vendido y el futuro cierto de un Buenos Aires que lo iba a esperar oportunista  como siempre para los éxitos caídos del cielo, mucho más con un título de bambalinas como LO CORTEZ NO QUITA LO CABRAL, no va que al pampeano que lo llevan en el avión presidencial, la cardiocirugía de urgencia lo salva del pelotazo en el palo y el pobre tiene que recuperarse en el Polideportivo de Olivos, departiendo su convalescencia con El Chango de Anillaco, vaya uno a llamarlo desgracia con suerte.
Tenía 74 años cuando los últimos flashasos lo mudaron de la todavía noche guatemalteca a la inmortalidad, imitaba a Borges a la perfección, nunca dejó de practicar de manera impenitente la inteligencia y el talento, hasta último momento no dejó de hablar, bajo ninguna circunstancia, sospechosamente reiterativo, de su madre, y a la pregunta de por qué no había vuelto a casarse, aunque sea aparearse de alguna manera con alguna mujer, respondía que a la única que había amado había sido poseedora de una belleza que dolía.  El sacudón fue de tal magnitud que después de atender el llamado directo de Sor Teresa de Calcuta, que ya había tenido el atrevimiento de interrumpirlo cuando estaba en un set de la tevé mexicana, se quedó sin habla, adiós para siempre a los ocho (8) idiomas que hablaba, un juramento de cuasi castidad que se revelaría ahora con la llegada de su cuerpo encajonado a la Argentina, esperado por Figurettis impresentables del gobierno, tratando por todos los medios disimular, camuflar, el trastazo del domingo en las elecciones de la Capital Federal, Silvia, su viuda venezolana oficial que lo había acompañado durante los últimos diez años, casados legalmente hacía apenas siete meses y el destino incierto de terminar cremado en la democrática Chacarita o semienterrado en el medio pelo con aspiraciones del Jardín de Paz de Pilar.
El gran misterio que deja este manantial de fábulas e historias fabulosas, sin embgargo, es si vivió realmente algo de todo lo que dijo, si conoció a todos los que asegura que conoció o si dedicó la vida a narrarse a sí mismo a su través. El siempre supo de estas dudas. Las capeaba con la elegancia  e inteligencia de siempre. "Mi madre dice que de mí puede decirse cualquier cosa, menos que cualquier cosa que digo no sea cierto", apostrofaba al borde de perder el buen talante de siempre. Como otros grandes fabuladores de la tierra, tipo el Cuchi  Leguizamón o Jaime Dávalos, ponerles un detector de mentiras o valorarlos con la pobreza de la alternativa cierto/mentira/tache lo que no corresponda o si se trató de lo inventado de una cotideaneidad por lo común anodina, es negarle esa virtud fundamental que le vertebró la existencia como es aceptar sin cortapisas que en lo que llevó la vida, narrar fábulas, la vida, no sólo la suya, fue mucho más linda que la prosaica verdad. Por lo menos una insospechada cantidad de la humanidad, al menos de este lado del mapa, de una cantidad bastante poco imaginable de países, con Guatemala a la cabeza, salieron a llorarlo.   [AR]